Elogio del desorden
Crear a partir del desorden puede parecer una propuesta irreverente, en tanto que el desorden va en contra de lo establecido, sugiere inestabilidad, disuelve certezas, rompe simetrías (y me detengo aquí, para no asustar al lector)
El orden se postula como el padre de la estabilidad emocional de la mente humana: el orden la seguridad. Sin embargo, si nos detenemos un instante a mirar a nuestro alrededor, veremos que, en nuestra vida cotidiana, en el mundo, en general, el desorden va ganando terreno. Ya ni siquiera en la ciencia existen las grandes verdades (objetivas) (no olvidar “El fin de las certidumbres” de Ilya Prigogine). La pérdida de las certezas nos aleja de los horizontes únicos, de los fines últimos, de la homogeneización, de la uniformidad. Nos obliga a abrir nuevos caminos, a buscar nuevas formas de pensamiento.
Si podemos reconocer este desorden natural en el universo, por qué no provocarlo nosotros mismos, para obligarnos a revisar nuestros conceptos, re-pensarnos y re-pensar nuestro entorno.
“(…) Salir, salir, escapar (…) cruzar el horizontes, entrar en otra vida (…)” Gilles Deleuze
Deleuze propone una serie de rasgos inherentes a la escritura creativa: la fuga, la traición, la desterritorialización, la extrañeza, el ensamblaje. Salir de nuestra visión, mirar diferente, sorprendernos y extrañarnos. Experimentar nuevas formas de interpretación, relacionar elementos heterogéneos, yuxtaponerlos.
Inestabilidad y sorpresa, tanto del escritor como del lector: una lectura “antinormalizante” puede re-crear un texto, transformarlo. Las posibilidades creativas se amplían geométricamente. “No existe un orden único y verdadero ni una única y verdadera forma de observarlo” (José Vicente Rubio). “Crear es deshabitar de la vida diaria, para entrar en mundos posibles que son invisibles para los no iniciados” (Carlos Restrepo).
La lógica del desorden, dice Balandier, es portadora de un infinito de posibilidades.
¿Qué pasaría si lo que tenemos frente a nuestros ojos, alrededor, de repente cambiara de forma, de sentido, de lugar, de tiempo? Descubriríamos, ciertamente, que hay más de un punto de vista, más de una forma de racionalidad. Y que el desorden no es otra cosa que una deconstrucción y posterior reconstrucción de la naturaleza, de los fenómenos físicos, una mirada nueva: la visión de “lo diferente”.
Es lo que han hecho autores como Cortázar, Martín Amis, García Márquez o Lewis Carroll, para poner ejemplos absolutamente conocidos.
Cortázar, en “Rayuela”, propone una orden (o desorden) de lectura a gusto del lector, rompe con lo que es el esquema físico habitual de una novela en capítulos.
Martín Amis, en “La flecha del tiempo”, transcribe un tiempo lineal, sí, pero absolutamente opuesto al real cronológico de la vida: invierte principio y fin.
García Márquez en “Cien años de soledad”, se opone rotundamente a la lógica, verbalizada popularmente como “siempre que llovió, paró”, y nos ofrece un Macondo con lluvia eterna: ya nadie recuerda cuando comenzó y nadie sabe si alguna vez parará.
Lewis Carroll, en “Alicia en el País de las Maravillas”, no hace otra cosa que mostrar su visión de lo que no se ve habitualmente: ¿cómo será el mundo desde dentro de la cueva del conejo? ¿Cómo se comportarían las figuras de las cartas si cobraran vida? ¡Qué bueno sería cambiar de tamaño según la necesidad!
Jugando a desordenar
La propuesta desordenadora (creativa) incluye ¿por qué no?, algunas recetas: los llamados “desordenadores”.
Gianni Rodari, en “Gramática de la fantasía”, propone diferentes técnicas que utiliza para ayudar a sus alumnos a inventar historias. El azar tiene mucho que ver con varias de estas técnicas:
* “El binomio fantástico”, por ejemplo: dos palabras elegidas al azar, sin relación entre ellas, a partir de las cuales se crea la historia.
* “El prefijo arbitrario”: des-cortaplumas, archi-huesos, tri-vaca.
* “Las cartas de Propp”: juego de 20 cartas, basadas en las 31 funciones de Propp. A partir de una tirada, al azar, se recorren las cartas, creando el cuento. Técnica similar a la utilizada por Calvino para escribir “El castillo de los destinos cruzados”.
* “El error creativo”. De un lapsus, puede nacer una historia. Tal el origen del zapatito de cristal de Cenicienta: en el original, el zapato era de “vaire” (tipo de piel). En una re-escritura, por error, se copió “verre”, cristal, y este error provocó la modificación de la historia inicial. El zapato de cristal devino en símbolo de la Cenicienta.
Hay más autores recomendables para quienes quieran adentrarse en el tema. Imposible ampliar sobre cada uno, pero podemos nombrarlos como guía:
* Nelson Goodman y su construcción de mundos posibles.
* Douglas Hofstadter, en sus deslizamientos creativos.
* David Bohm y David Peat, y cómo superar los bloqueos de creatividad.
* Germán Rey y el pensamiento en los márgenes.
* Krishnamurti y su desprogramación y descondicionamiento del pensamiento.
* Deleuze y Guattari y su teoría del libro-rizoma (desmontable, desconectable, alterable).
Vago intento de ordenar esta desordenada nota
El ser humano tiene una capacidad que lo diferencia del resto de los seres vivos: la “autoorganización”. Es la capacidad de adaptarse a los desórdenes que surgen en su entorno y actuar en consecuencia. La capacidad para hacerse a sí mismo. La humanidad, en su evolución, apunta en múltiples direcciones. No va hacia ningún estado definido, si no hacia muchos posibles y probables.
La complejidad es lo cotidiano en el presente y lo será aún más en el futuro. Si utilizamos la capacidad de “autoorganización”, si podemos desprendernos de conceptos rígidos, si somos capaces de abrir nuestra mente al desorden, podemos entrar en mundos nuevos, móviles, inusuales. La diversidad es enriquecedora. Más enriquecedora cuanto más diferente de lo habitual.
El desorden es contrario al equilibrio, entendido como pasividad. Y ya se sabe: nada más pasivo que la muerte.
A confesión de parte, relevo de pruebas
Escribir desde mis propias estructuras fijas, “literariamente”, me resulta altamente insatisfactorio. Suelo decir que, si yo me aburro leyendo lo que escribo, más se aburrirán los otros, los de “afuera”. ¿Qué le falta a mi escritura?, me he preguntado tantas veces. La respuesta me llegó, hace poco, desde un análisis de otros temas de mi vida: le falta libertad, le falta salirse de los límites, le falta desorden. Las cosas que más me han gustado de las pocas qué he escrito, se han presentado en forma de catarata impensada: en un viaje en taxi, mientras estaba haciendo mi trabajo diario, en un despertar súbito una madrugada de invierno.
Escribir, desde uno mismo, puede ser también gratificante (aunque, a veces, asuste). Creer que se está diciendo “algo” y descubrir después de un par de re-lecturas, que la palabra “azul” dejó de ser un color, cambió de significado, se re-significó… se acaba diciendo otra cosa diferente. Y darnos, en ese momento, la oportunidad única de aceptar que lo que está ahí, en la hoja, es la verdad: la palabra escrita, no la pensada.
Dejar que la mano se mueva y recorra y dibuje palabras sin intención, permitir la libertad y el desorden y el juego…y, tal vez, así, nos reconozcamos en nuestros textos. Tal vez así veamos cómo somos cuando nadie nos mira.
Las palabras de Deleuze “… salir, salir, escapar… cruzar el horizonte, entrar en otra vida…”, son las que quiero hacer propias.
Quizás sea ése el motivo por el cual elegí este tema para una nota. Y, quizás, esta nota no sea más que la expresión de un deseo: el mío.
Patricia Rossi, 2001