En el nombre del Mal (Parte 2)

Pero, el Diablo, ¿no es el Mal?

 

La idea hebraica del Diablo varía entre la fecha de composición del Génesis (siglo VI a.C.), y el siglo I a.C.  Entre el 300 y el 150 a.C., los demonios son pocos y específicos: Mevet, el demonio de la muerte; Lilith, la que roba a los niños; Reshev, el demonio de la peste; Dever, el de las enfermedades en general; Azazel, el demonio de los desiertos.  Los demonios, a veces, actúan por cuenta propia y otras como enviados de Dios (Libro de Job, libro de Samuel). No hay Cielo ni Infierno, ni noción de supervivencia del alma (existe el sheol, “tierra del silencio y del olvido”).

En consecuencia y de acuerdo con el Antiguo Estamento, Dios es al mismo tiempo el Bien y el Mal, el Diablo no es más que un servidor suyo, y no aparece el conflicto tan característico del Nuevo Testamento, en donde el Diablo interviene siempre como enemigo del Dios y “Príncipe de este mundo”, por oposición frente al Rey de los cielos” (3). Satán no es el Mal, si no el sufrimiento enviado por decisión de Dios.

 

En el Libro de Enoc, un apócrifo del Antiguo Testamento, escrito probablemente entre los siglos III y II a.C., los demonios no aparecen como rebeldes en contra de Dios: son ángeles que se enamoraron de las mujeres mortales y quisieron unirse a ellas.  De esa unión, nacieron los gigantes.  Pero la falta grave, para Enoc, no parece ser la desobediencia, sino los conocimientos que estos ángeles transmitieron a los hombres: “Azazel enseñó a los hombres la forja de espadas, cuchillos, escudos, corazas y espejos; la fabricación de brazaletes y adornos, el uso de la pintura, el arte de los afeites, el empleo de las piedras preciosas y el de toda clase de tintes, para que la corrupción cundiese el mundo [...] Barkayal enseñó el arte de observar las estrellas.  Akibeel, la interpretación de los signos, Tamiel la astronomía, y Asaradel, los movimientos de la luna”. Estos ángeles fueron entonces castigados por transmitir el conocimiento a los hombres, por revelar “al mundo todo lo que sucede en los cielos”.  El Arcángel Rafael, en persona, se ocupó de castigar a Azazel, quien fue atado y arrojado a las tinieblas para morir por medio del fuego… pero sobrevivió.

 

Este concepto se relaciona, directamente, con el tema de la apropiación del Bien y del Mal por parte de los poderes político y religioso: el saber pertenece a los “elegidos”, quienes lo reciben de fuerzas superiores.  El resto de los “mortales” debe aceptar las reglas así impuestas.  Pretender modificarlas constituye un atentado contra lo establecido.

 

Recién en el Nuevo Testamento, surge el Diablo tal y como lo conocemos hoy en día, en lo que se refiere a la maldad de sus acciones: los diablos del Libro de Enoc no parecen precisamente malvados.  Es alrededor del siglo I d.C., en el cual se produce la ruptura con el Antiguo Testamento y Satán se muestra definitivamente relacionado con el Mal.  El Diablo de los esenios se trasmite al cristianismo, por medio de Jesús.

Este nuevo Diablo tiene características peculiares, como la posesión violenta (provocará, más tarde, el envío a la hoguera de miles de personas, el 90% de ellas mujeres).  Por primera vez, se identifica al Diablo con enfermedades: la enfermedad es la imagen del demonio que la causa, un producto del pecado.  Por otra parte, en el Nuevo Testamento, el Diablo se comporta de manera errática, sin tener motivo aparente para las maldades que provoca.

Pero (una vez más), una nota curiosa aparece sobre el final de la vida de Jesús.  En el Huerto de los Olivos, le advierte a Pedro lo siguiente: “Simón, Simón, mira que Satanás los ha elegido a ustedes para sacudirlos como si fueran trigo, pero yo he rogado por ti, para que no te falte la fe”. Satanás parece tener una misión, como en el Antiguo Testamento, encomendada por ¿Dios?, que se sirve nuevamente de él para probar a los hombres.

 

Pacto con el Demonio

 

En antiguas religiones asiáticas, se extiende una idea interesante: no hay un Dios arriba y un Diablo abajo porque Dios y el Diablo no han roto relaciones para siempre.

Este concepto de la relación entre ambos no es exclusivo de las religiones. En el Antiguo Testamento, en el Levítico XVI, 1-28, leemos que, tras la muerte de los hijos de Aarón, Dios habla a Moisés y le explica qué sacrificios debe hacer para entrar en el Santuario donde se guardaba el Arca de la Alianza. Dios pide dos machos cabríos y un carnero.  Los machos cabríos serán ofrendados uno, al mismo Dios, y el otro, a Azazel (demonio del desierto).  Más allá de las exégesis y los eufemismos (en algunas Biblias no se menciona a Azazel, pero se usa la palabra “Desierto”, con mayúsculas), no quedan muchas dudas acerca de la relación entre el Mal y el Bien. 

Más aún, en el Libro de Enoc, aparece un verdadero pacto entre Dios y el Diablo, por el cual Dios acepta que Satán “seduzca” a algunos humanos: “Señor Creador, deja ante mí a algunos que escuchen mi voz y hagan cuanto yo les ordene.  Pues si no me quedase ninguno, mal podría yo ejercer el poder de mi voluntad sobre los humanos”.  Este concepto se repite entre los sabeos, secta semicristiana, quienes creían que el mundo se había repartido de una vez por todas entre el Bien y el Mal, en una especie de pacto.

 

Mucho más acá en el tiempo, de la mano de Pessoa, reencontramos remedos de antiguas creencias:

 

* (…) era yo, que soy la Serpiente; ése fue el papel que me asignaron, desde el principio del mundo”

 

* “Fue desde aquí que, por encargo de Dios, tenté a su Hijo, Jesús.  Pero no dio resultado, como yo ya esperaba, porque el Hijo era más iniciado que el Padre (…) Seguí, porque era mi deber, el consejo y la orden de Dios: lo tenté con todo lo que había (…) ¿Pero qué podemos contra la fuerza del destino, supremo arquitecto de todos los mundos, el Dios que creó éste, y yo, el Diablo de distrito, que, porque lo niega, lo sustenta?”

 

Estos textos remiten, directamente, a algunos en Antiguo Testamento: los demonios como enviados de Dios para poner a prueba a los hombres.  El valor agregado de la última cita resulta en que el Diablo confiesa no haber tenido intención de tentar Jesús, no esperaba que cayera en su trampa.

 

También está presente la idea de la relación entre Dios y el Diablo, jamás interrumpida:

 

*Dudo de que el propio Dios nos duerma.  Ya una vez me lo dijo”

 

* “pero yo nunca pretendí decir la verdad a nadie (…) en parte en porque no la conozco.  Creo que mi hermano mayor, Dios todopoderoso, tampoco la sabe”

 

* “cuantas veces Dios me dijo: Hermano, no sé quién soy”

 

* “Tanto Dios como yo de buen grado dormiríamos un sueño que nos liberara de los deberes trascendentes de que, no sabemos cómo, fuimos investidos”

 

Vuelve al principio de los opuestos necesarios:

 

* “Todo vive porque se opone a algo.  Pero, si yo no existiera, nada existiría, porque no habría nada a que oponerse”

 

* “Dios me creo para que yo lo imitara de noche.  Él es el Sol, yo soy la Luna”

 

Y Giovanni Papini imagina un fin de los tiempos en que el Diablo será, finalmente, perdonado por Dios.

 

El uno y el otro

 

Otra vez Baudrillard: “Pero la alteridad no es la diferencia (…) No están diferenciados en el interior de una misma escala de valores; son solidarios en un orden inmutable, en un cielo reversible como el del día y la noche.  ¿La noche es el otro del día?  (…) Sólo son momentos reversibles que se suceden e intercambian en una seducción incesante (…) Pues la diferencia es una utopía, en su sueño de dividir los términos y su sueño posterior de reunificarlos (ocurre lo mismo con la distinción entre el Bien y el Mal: es un sueño dividirlos y una utopía aún más fantástica querer reconciliarlos” (1)

 

Esta teoría parece acercarse mucho más a las religiones primitivas que a las religiones monoteístas actuales: en el principio, no había dioses buenos y malos. Eran buenos y malos alternativamente, según las circunstancias, según la necesidad, según el humor, en muchos casos (no olvidemos a los dioses griegos, por ejemplo).  Pessoa también se acerca a esta idea: el Bien y el Mal no existen en sí mismos.  Dios y el Diablo bien podrían ser dos caras de la misma moneda, dos principios opuestos y complementarios, dos efectos de una misma causa.

 

Bien podría ocurrir que tuviera razón el Diablo de Pessoa: “Tal vez, en el fondo mismo del abismo, el propio Dios me busque, para que yo lo complete…”

 

Patricia Rossi, 2001

 

(1)  La transparencia del mal, Jean Baudrillard.  Editorial Anagrama, 1997. 

(2)  Mitologías, Roland Barthes, Siglo Veintiuno Editores, 1994.

(3)  El Diablo, Gerard Messadie, Editorial Martínez Roca, 1994.

(4)  Del Mal, Denis Rosenfield, Editorial F.C.E., 1993.

 

Bibliografía general:

 

* La hora del Diablo, Fernando Pessoa, Editorial Emecé, 2000.

* Il Diavolo, Decio Canzio, Editoriale Milanese, 1969.

* El Diablo, Giovanni Papini

* El hombre y sus símbolos, Carl Jung, Editorial Luis de Caralt, 1984.

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