Estimado Mister A.

Este ensayo fue escrito en un momento muy particular de mi país, Argentina: julio del 2002. Todavía sonaba en nuestros oídos el golpe de las cacerolas y teníamos una imagen como pegada a los ojos: el helicóptero (uno más) despegando del techo de la Casa Rosada. Época de incertidumbres, reacomodamientos, desazón. La fiesta había acabado abruptamente para todos. O mejor dicho, para los que no teníamos el “privilegio de pertenecer”. Unos pocos siguieron festejando, pero en otro lugar. Los que quedamos fuera del banquete nos transformamos en supervivientes.

 

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Estimado Mister A.

 

“El lenguaje no es equivalente a la verdad; es nuestro modo de existir en el mundo”

 

Paul Auster, El libro de la memoria

 

 

Estimado Mister A.:

 

Usted no me conoce pero siento la necesidad de escribirle para contarle algo que seguramente no sospecha.  Cuando escribió acerca de su País de las Últimas Cosas, probablemente no imaginó que éste estaba en alguna parte del mundo. Tal vez, el libro es sólo su visión de un posible futuro; tal vez, sólo ciencia-ficción.  Pero, la verdad, estimado señor, en ese País y, desde ese lugar, le escribo.

No tuve todavía la oportunidad de encontrarme con Anna Blume.  O tal vez, sí: sólo conozco su historia, la que ella escribe a un amigo sin saber si alguna vez él podrá leerla.  Bien podría ser que Anna fuera mi vecina o una de esas mujeres, que salieron tantas veces a la calle cacerola en mano.  Ocurre, Mister A., como en su libro: todo a nuestro alrededor desaparece.  Ir al cine, comprar ropa o un libro, un café con los amigos, cambiamos la marca del champú, de jabón para lavar la ropa.  La cosa no queda ahí: muchos se quedaron sin trabajo y otros, para comer, revuelven en la basura ajena… mientras tanto, no hay una muralla en la costa, como dice su texto: se trata más bien de un cerco invisible. No salir, no querer entrar. Un lugar hecho de restos.  ¿Servirán para algo?

Vivir en un lugar como éste hace que uno se cuestione todo el tiempo. Anna dice que se  “debe salvar lo salvable y aprender a ignorar el resto” (2) (es un país de sobrevivientes, Mister A., y la cercanía con la muerte obliga): “Ante una realidad extraordinaria, la conciencia toma el lugar de la imaginación” (*).  Y agrega: se necesita un tiempo muy largo para que un mundo desaparezca” .  Es cierto: aún podría haber mucho por descender. Pero también se genera “una nueva forma de pensar”.  Aparecen otras dudas, más íntimas, más generales: ¿quién soy?; ¿puedo seguir siendo yo mismo cuando la vida tal como la conocí ha desaparecido y nada puede ya darse por sentado?  Como le ocurre a Anna.  Por eso empieza a escribir esa carta para nadie: se escribe a ella misma. Lo único que puede salvarla de desaparecer es poner en papel su voz, su memoria (“Un cuerpo que se desintegra”, dice, “es algo horrible, pero cuando la voz también desaparece, es como si esa persona ya no estuviera allí”). “Escribir para no morir, como decía Blanchot, o tal vez incluso hablar para no morir” (4). Escribir para no disgregarse hacia la nada, tenerse presente: soy Anna Blume.  Y, sobre todo, poder seguir siéndolo en medio del desastre.  No es fácil vivir en un país de “cadáveres y mierda”.

Recuerdo otro libro suyo, Mister A.; en alguna parte dice: “la memoria es lo único que lo mantenía vivo, y daba la impresión de que intentaba resistirse a la muerte durante el mayor tiempo posible sólo para poder seguir recordando” (3). Esta frase me obliga a un replanteo sobre Anna: ¿recuerda para mantenerse viva o se mantiene viva para recordar?  Es probable que la memoria haga que seamos quienes somos, que sea nuestra “diferencia”, por propia e intransferible. Ana decide poner en acto sus palabras para activar el recuerdo, traerlo a un plano donde pueda ser visto (leído): un documento de identidad imposible de falsificar, mucho más preciso que un número o una foto.

Quizá esté de acuerdo conmigo, Mister A., en que es la posibilidad de la escritura lo que nos convierte en seres vivos.  Se preguntará por qué digo “posibilidad”.  Pues, verá: también Sam encuentra en las palabras (el libro que escribe) un motivo para permanecer.  No son sus propios recuerdos, es la historia (la memoria) del país. “La memoria, por lo tanto, no sólo como la resurrección del pasado individual, sino como una inmersión en el pasado de los demás, lo que equivale a hablar de la historia, donde uno participa y es testigo, es parte y al mismo tiempo está aparte” (3). El hecho de escribir sobre las cosas que desaparecen impide su olvido.  Anna advierte: “No sólo desaparecen las cosas, si no que cuando lo hacen, el recuerdo de ellas también se desvanece”.  Por otra parte, es su forma de mantenerse vivo: “El libro es lo único que me mantiene en pie”, le confiesa a Anna, “si dejara de trabajar en él, no creo que podría sobrevivir ni un día más”. No le importa saber que jamás podrá terminarlo. La pura posibilidad da sentido a la existencia.  En el “mientras tanto” habita el futuro, todos los futuros posibles.  En el tiempo de la obra todo esta aún por hacerse, nada es imposible.  Ni siquiera el acto casi mágico de transformar un insoportable mundo cotidiano en otro. El crear(se) otros mundos. Y, tal vez, por esa causa, ese/éste país no desaparecerá nunca del todo: Anna, en el momento de mayor despojo y carencia, ve la oportunidad de darse un nuevo rumbo.

Como dije antes, Anna escribe esa carta-libro sin ninguna certeza de ser leída alguna vez.  Le cuanta a su amigo sobre su vida actual y sobre hechos del pasado, viejas intimidades compartidas con el destinatario de esa carta.  ¿Podría Anna escribir su historia, sólo para sí misma?  Supongo que no, necesita al otro para seguir siendo ella.  En un país donde las relaciones son circunstanciales y por necesidad, donde las afinidades no existen, para construirse un sentido de pertenencia le quedan sólo aquellos seres de su memoria.  Por eso la carta al amigo sin nombre, por eso Sam.  Teme olvidar y escribe. Teme que desaparezcan para siempre escribe y escribe. “La memoria, entonces, no como el pasado contenido dentro de nosotros, sino como prueba de nuestra vida en el momento actual (…) Es una forma de vivir la vida en que nunca se pierde nada” (3).

Todo un universo de voces y palabras, en la carta de Anna.  En un mundo de fragmentos, la identidad la otorga la forma en que se usan las palabras.  Poco sabemos del señor Frick, por ejemplo, sólo que “tenía una extraña forma de hablar (…) las palabras le creaban problemas, tenía dificultades para pronunciarlas y a veces tropezaba con ellas como si fuesen objetos materiales, verdaderas piedras que obstruían su boca.  Por eso mismo, parecía especialmente sensible a las cualidades intrínsecas de las palabras, sus sonidos divorciados del significado, simetrías y contradicciones.”  Frick habla de su nombre, Otto: “voy igual delante que detrás. No termino en ningún lado, sino empiezo del nuevo (…) Usted también, señorita (…) A-n-n-a (…) por eso volvió a nacer (…)”.

Increíble, Mister A.: recién a mitad de la carta-libro, alguien hace alusión al nombre.  Se nombra puertas adentro, donde hay una vida en común.  En la residencia Woburn, el mundo exterior desaparece.  Y, sobre el final, de la casa tampoco quedará más que la fachada: el interior lo han destruido sus propios ocupantes, en el afán por hacer durar esa última trinchera un poco más. Saben que cuando deban abandonarla, sólo les quedará la huída. O el intento de huída.  (No lo olvido, Mister A.: en ese país (el de Anna, (el mío)) no hay certeza posible.

Sorprende, Mister A., ése Boris Stepanovich aferrado a sus excentricidades: “(…) me acostumbré a esperar una gran dosis de confusión cada vez que Boris abría la boca.  Era aficionado a los conceptos oscuros y alusiones indirectas, y adornaba las frases más simples con imágenes tan barrocas que siempre me perdía al intentar comprenderle.  (…) empleaba las palabras como un medio del confusión (…) Aquella voz era probablemente su arma más poderosa”.  Boris miente historias sobre las cosas que vende, sobre su propia vida.  Nunca llegamos a saber quién es realmente.  Pero: “No importa- decía-. Un hombre debe vivir el presente y ¿qué importa quién eras la semana pasada, si sabes quién eres hoy?”.  Boris se inventa al contar las tantas versiones de su pasado: “La historia inventada está formada por entero del significado, mientras que la historia de los hechos reales carece de cualquier significación más allá de sí misma” (3).

Anna debe escribir rápido, rápido: “Así es como empieza, a pesar de mis esfuerzos; las palabras vienen sólo cuando pienso que ya no seré capaz de encontrarlas, en el momento de desesperación en que creo que ya nunca volverán a surgir”.  Si los pensamientos se escapan, ya sabemos qué sucederá con ellos en el País de las Últimas Cosas: “La pluma nunca se moverá con la prisa suficiente como para reproducir cada palabra descubierta en el ámbito de la memoria” (3). Por eso se demora en detalles, piezas del  rompecabezas, para completarse, “(…) pues antes de que una palabra pueda llegar a la página, tiene que haber formado parte del cuerpo, tiene que haber sido una presencia física con la que uno haya convivido, igual que convive con el corazón, el estómago y el cerebro” (3). Ana ES la carta – la carta es el cuerpo de Anna.  Transubstanciación.

Final del libro y de mi carta también, Mister A. Boris intenta un acto de magia que permitirá sobrevivir, una vez traspasadas las fronteras.  ¿Boris inventa?: los roles destinados a cada personaje son los personajes mismos.  Son lo que han sido sus vidas hasta esa última noche en el País.  Identidad recreada.  Componer el personaje, escribir la nueva máscara: rehacerse después de cada pérdida.  Tal vez Boris no haya hecho más que darse cuenta: adentro afuera, siempre un lugar compuesto de restos.  ¿Servirán para algo?  Queda la posibilidad de armar otro barco con los restos del naufragio.  Hacerlo cada vez que sea necesario.

“También es probable que una vez que esta historia haya acabado siga narrándose a sí misma, incluso después de haber gastado todas las palabras” (2)

 

 

Patricia Rossi, 2002

 

(1)    Los textos en negrita cursiva pertenecen a “El país de las últimas cosas”, Paul Auster. Editorial Anagrama, Barcelona, 1999

(2)    La invención de la soledad”, Paul Auster. Editorial Anagrama, Barcelona, 1996

(3)    El libro de la memoria”. En “La invención de la soledad”, Paul Auster. Editorial Anagrama, Barcelona, 1996

(4)    Opus Postumus, Wallace Stevens, citado en El libro de la memoria.

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