Todas las cosas que hay en el mundo…*

Las ciudades invisibles, de Italo Calvino

Durante días estuve pensando: Me metí en un lío. Elegí para este trabajo “Las ciudades invisibles”. Lo leí muchas, pero muchas veces. La primera, de principio a fin, ordenadito, por capítulos. Las otras veces por “rubro”: las ciudades y la memoria, las ciudades y el deseo… y así con las once clasificaciones que Calvino hace de sus ciudades. Probé también buscar los temas no declarados: el cambio, el tiempo, la dualidad, el orden, el lenguaje (y hay más…). Tomé nota por separado de los rasgos característicos de cada ciudad, de los diálogos entre Marco Polo y Kublai Khan, y traté de buscar relaciones entre ellos. Me metí, incluso, con la forma en que ordena las partes del libro (¿cuántas ciudades de cada ” rubro” hay por parte?, ¿por qué, al comienzo del libro, los capítulos van en orden decreciente y termina el libro en orden creciente?). Finalmente, debajo de un montón de hojas que, más que apuntes, parecían fórmulas matemáticas, no encontré ningún camino. Las ciudades no tenían características totalmente definidas: se mezclaban los deseos con la memoria, el cambio con la dualidad, el lenguaje con los signos, los muertos con el tiempo. Y me encontré como al principio: ¿qué clase de libro es “Las ciudades…”? Hace unos días (mientras esperaba un colectivo) vino a mi mente la palabra “rizoma” ¿sería esa la llave mágica? ¿Es un libro-rizoma? Cuando llegué a mi casa, acudí a la carpeta “Teoría del Caos”, en el disco rígido de mi computadora. (No es chiste, esa carpeta existe en mi PC). Bajo el título “Rizoma”, encontré lo siguiente:

Para Deleuze y Guattari, existen tres tipos de libro: el libro-árbol, que seguiría una lógica binaria; el sistema raicilla, de raíces múltiples, y el libro-rizoma, constituido por mesetas (fragmentos) autónomas, comunicadas por “microfisuras”. En este libro-rizoma, cada fragmento puede leerse por cualquier sitio y ponerse en relación con cualquier otro: un libro así, según Deleuze y Guattari, “se niega al logos, a la trascendencia de la idea, a la inferioridad del concepto , al tribunal de la razón, a los funcionarios del pensamiento, al sujeto, al legislador”. El libro-rizoma cumple condiciones:

* Conecta cualquier punto con otro punto cualquiera.

* Cada uno de su rasgos no remite necesariamente a rasgos de la misma naturaleza (no es necesaria una unidad coherente, sino que más bien promociona la heterogeneidad).

* Multiplicidad: pone en juego regímenes de signos muy distintos; no está hecho de unidades, sino de dimensiones, no tiene principio ni fin.

* Establece rupturas significantes.

* Es arte fotográfico: está hecho de líneas de fuga, es decir, no filiables, como en una arborescencia.

Contrariamente a los parámetros milimétricos, el rizoma está relacionado con el mapa que debe ser producido, siempre desmontable, conectable, alterable. No responde a modelos estructurales o genéricos, no confluye, sino que constituye un modelo acentrado. No exige reconocimiento de estructuras o sentidos u orígenes o intenciones.

Esa es la respuesta: “Las ciudades…” resulta ser un libro-rizoma. Los temas se mezclan, aparecen y desaparecen, se conectan, unifican, ramifican. Como “Rayuela”, puede ser leído de distintos modos. No hay principio ni final, ni siquiera centro (según Calvino dice en el prólogo). Lo mismo ocurre con los diálogos entre Marco Polo y Kublai Khan: no hay continuidad, es un camino plagado de avances y retrocesos.

Ahora sí, con mi autoestima en franca recuperación, puedo tomar mis notas y escribir algo sin temor a confusión.

Mirar, recordar, desear, cambiar

“La presencia-ausencia de la huella, aquello que no tendría que llamarse su ambigüedad sino su juego, (pues la palabra “ambigüedad” requiere la lógica de la presencia, incluso cuando dicha palabra empieza a visualizarle), lleva en sí los problemas de la letra y del espíritu, del cuerpo y del alma y de todos los problemas cuya afinidad primitiva hemos recordado. Todos los dualismos, todas las teorías de la inmortalidad del alma o del espíritu, así como los monismos, espiritualistas o materialistas, dialécticos o vulgares, son el tema único de una metafísica cuya historia debió tender toda hacia la reducción de la huella” (1)

Las ciudades de Calvino no parecen haber sido construidas. Están integradas por relaciones que les dan forma, vida y sentido, las constituyen y condicionan. Entre una ciudad y otra; entre cada ciudad y sus habitantes o visitantes ocasionales; y, finalmente, relaciones con ellas mismas, con los elementos que las componen (por ausencia o presencia). Los componentes son signos, huella, señal, una gran batería a descifrar. En realidad, todas ciudad es un mapa de relaciones: “Inmensa superficie de inscripción, auténtico espacio de una escritura polivalente, la ciudad va construyendo un inmenso territorio palimpséstico a medida que va signando con sus huellas, sus marcas y sus registros los espacios de su entorno, los cuerpos sociales en los cuales se materializa y los lugares de morada de sus habitantes; configurando así ese juego intrincado de identidades y diferencias, de relaciones y de contradicciones en las cuales se reconocen sus habitantes” (3). En el libro de Calvino, este juego se hace palpable y evidente y se descubre ante quien sea capaz de “leer” ese ensamblaje.

Marco Polo explica a Kublai Khan: Para distinguir las cualidades de las otras debo partir de una primera ciudad que permanece implícita. Para mí es Venecia“**. Las ciudades se relacionan entre sí por afinidades y diferencias. Zora es ciudad porque permanece exacta en la memoria, el hombre… recuerda el orden en que se suceden relojes, torres y calles; Clarisa, por el contrario, es sólo el nombre, el resto resulta movilidad y cambio:nada ni nadie tenía que ver con la Clarisa o las Clarisas de antes, y Leonia reúne a ambas: renovándose cada día la ciudad se conserva a sí misma en la única forma definitiva: la de los desperdicios de ayer que se amontonan sobre los desperdicios de anteayer (…)”, siempre nueva pero sin desechar lo viejo y en desuso.

Zirma, ciudad que “(…) se repite para que algo llegue a fijarse en la mente (…)”, “(…) la memoria es redundante para que la ciudad empiece a existir“. Zobeida, el deseo nunca satisfecho; Anastasia, ella misma el deseo, complacido en quienes la habitan; Zenobia, al mismo tiempo el deseo satisfecho el insatisfecho. En Eufemia, los visitantes intercambian recuerdos. Ersilia está constituida por las relaciones entre sus habitantes: hilos que forman una trama.

No hay espacios absolutamente únicos, pero tampoco debe creerse que todos ellos son, en realidad, uno solo. En Diomira, dice Calvino, lo que se ve forma parte también de otros sitios: cúpulas, estatuas, calles,todas estas bellezas el viajero ya las conoce por haberlas visto también en otras ciudades”.

Un aire de familia

“Desde el momento en que el círculo da vueltas, que el volumen se enrolla sobre sí mismo, que el libro se repite, su identidad consigo acoge una imperceptible diferencia, que nos permite salir eficazmente, rigurosamente, es decir, discretamente, de la clausura.” (2)

Le sucede a Kublai Khan, al escuchar los relatos de Marco Polo. Nos sucede a nosotros, lectores, al leer los relatos de Marco Polo: si sospechamos la existencia de un hilo conductor, enseguida se escapa. Luego, reaparece, inasible, indefinible. Las aparentes clasificaciones de Calvino no son taxativas ni fijas. Nos asalta, de pronto, la sensación de haber leído ya algún dato en otra parte del libro. Pero, al volver las hojas atrás, lo advertimos: no son palabras las que se repiten. Es un “aire”, una atmósfera. Comienza a hacerse manifiesta, sólo después de varias lecturas. Nos sucede con las ciudades como a los visitantes de Adelma: en los rostros de los habitantes, creen reconocer a personas que han conocido en otros tiempos, en otros lugares.

Doble de cuerpo

“Desde el momento en que el centro o el origen han comenzado repitiéndose, redoblándose, el doble no se añadía simplemente a lo simple. Lo dividía y lo suplía. Inmediatamente había un doble origen más su repetición. Tres es la primera cifra de la repetición.” (2)

La dualidad atraviesa todo el libro, manifestándose de diversas maneras. Hay ciudades que parecen frontera entre dos sitios. Hay “ciudades-moneda”, dos caras inseparables y opuestas, como Moriana. Otras tienen un doble, repetición de sí mismas, pero nunca igual: Valdrada, con su reflejo en el lago; Eudoxia, sin saber si la verdadera es la que vive o la del tapiz que la reproduce; Eusapia y su copia bajo tierra Andria, cuyas calles fueron construidas a imitación de las órbitas de los planetas: una mira a la tierra y la otra al cielo, ambas modifican a sus dobles y son modificadas por ellas. Están las que se contienen a sí mismas, pero de múltiples caras: Fedora, la de las esferas de vidrio que guardan otras Fedoras. Cada habitante pueden elegir la que prefiere; Raísa, dondeen cada segundo la ciudad infeliz contiene una ciudad feliz que ni siquiera sabe que existe”; Berenice, la ciudad injusta, que encierra, sucesivamente, otras Berenices justas y nuevamente injustas; Olinda guarda a otras Olindas del tamaño de un punto original, que crecerá con el tiempo. El texto no se detiene y avanza con ciudades triples: Laudomia, la de los vivos, la de los muertos, la de los no nacidos; Bersabea la terrena, la de las virtudes y los sentimientos elevados, y la de lo despreciable e indigno.

¿Qué ves cuando me ves?

“Puesto que lo que es reflejado se desdobla en sí mismo y no son lo porque se le adicione su imagen. El reflejo, la imagen, el doble desdobla aquello que duplica. El origen de la especulación se convierte en una diferencia. Lo que puede explicarse no es uno (…)” (1)

Hay ciudades cautivas de la mirada que se posa sobre ellas. Como Zora:su secreto es la forma en que la vista se desliza (…)“. Así, resultan diferentes para quienes las viven y para quienes las visitan.

En una nota reciente sobre el tema de los viajes, mencioné una frase de Caparrós: “Viajar para contarlo: el temor de que ya no pueda viajar sin la excusa de un relato futuro. Ese relato como amenaza que obliga a una intensidad de la mirada, que me obliga a ver lo que no miraría. Y la sospecha de que cualquier viaje sin esa amenaza sería de una levedad insoportable. Que no tendría sentido” (4). Como en Isaura, donde lo invisible condiciona lo visible. Como le sucede al viajero que llega a Valdrada: ve la ciudad real y su reflejo y ambas se miran constantemente. Y, en Zemrude: una ciudad, si se camina de cara al cielo, otra sí se camina mirando al piso. Con Baucis, ocurre algo diferente: ella mira. Mira al lugar donde no está.

Jaque mate

“Desde el momento en que se presta una vez a una representación como esa -es decir, desde que se lo escribe-, cuando se puede leer un libro en el libro, un origen en el origen, un centro en el centro, eso es el abismo, el sin-fondo del redoblamiento infinito”. (2)

Llegado este punto, la cosa se complica. La mirada y la dualidad confluyen en varias ciudades; el tiempo se entrelaza con el deseo y la memoria. Y así.

Cambio “el ángulo de la información”, para no llevar al lector de esta nota al colmo del aburrimiento. Los diálogos de Kublai Khan y Marco Polo constituyen, a mi entender, el relato protagonista. Suponen, además, una reflexión sobre el lenguaje. Según Roland Barthes, “la ciudades un discurso y este discurso es en realidad un lenguaje (…). Marco Polo, al principio, no habla la lengua de los tártaros, por eso describe las ciudades por medio de gestos. Se ayuda con objetos traídos de su viajes, que presenta al emperador:plumas de avestruz, cerbatanas, cuarzos, y disponiendo delante de sí como piezas de ajedrez”. Estos objetos son las “huellas” que el Khan debe descifrar para entender el relato de Marco Polo. Claro, cada uno de estos elementos puede tener diversos significados. La habilidad del emperador consiste en este desciframiento, en develar que hay enel espacio que quedaba en torno, un vacío no colmado de palabras“. Un relato verdadero circula en lo que el discurso, el lenguaje, cualquiera sea la forma que éste adopte, no revela. O, volviendo a Barthes, lo que la ciudad oculta. Los objetos de Marco Polo marcan fuerte la mente del emperador. Incluso, más adelante, cuando el viajero ya puede poner en palabras sus experiencias, Kublai Khan asociará las ciudades a los objetos que vio en esos primeros encuentros. Con el tiempo, empieza a notar ese “aire de familia” entre las distintas ciudades y las palabras comienzan a sobrar. Vuelven al diálogo gestual. Un poco más, y los gestos también se volverán innecesarios: entonces, pasan la mayor parte de su tiempo en silencio.

Y, pronto, en una nueva curva de este bucle, aquellos primeros objetos, dispuestos como piezas de un juego, son reemplazados por piezas reales. El diálogo se transforma en partidas de ajedrez. “Engaño del origen, del final, de la línea, del bucle, del volumen, del centro” (2). Nuevamente, las piezas dibujan un vacío que el emperador debe descifrar. Finalmente, desaparecen: sólo queda el tablero. El relato parte, ahora, de una pieza de madera cepillada, sobre ella se desliza. Todas las ciudades del mundo, pasadas, presentes y futuras (las aún no descubiertas, las aún no conquistadas), todos los habitantes de esas ciudades, sus costumbres, sus virtudes y sus defectos, sus dioses y sus demonios, toda la belleza y la miseria del mundo están en ese tablero. Y, más allá de él, no hay nada.

Posdata

Quedan afuera de este trabajo, lector, infinitas posibilidades más. Por ejemplo, averiguar para qué viajaba Marco Polo, para qué preguntaba Kublai Khan. Qué le pasa al viajero a medida que avanza por el camino y qué le sucede cuando retorna. ¿Hay retorno? Las verdaderas ciudades, ¿son las que se visitan?, ¿o las de la memoria, las del recuerdo? Las ciudades que describe Marco Polo, ¿son las que vio, o las que imaginó? Kublai Khan, ¿imagina lo que cuenta Marco Polo o lo que quiere imaginar? (“Lo que dirige el relato no es la voz, es el oído“, dice Marco Polo). Ciudades sin fin ni principio, libro sin fin ni principio. Libro-rizoma.

¿Y entonces?

“Como en el primer Libro de las cuestiones, unos rabinos imaginarios se responden en el canto sobre el bucle “La línea es el engaño” (Reb Séab)” (2).

Casi parafraseando a Derrida, Calvino/Marco Polo dice: No hay lenguaje sin engaño. Y más:El engaño no está en las palabras, está en las cosas“. Librarse de los objetos y evocar las imágenes, dice. Librarse de las imágenes para seguir las huellas, descifrar los signos, leer los huecos, reconocer el “ensamblaje”. Construir las ciudades.

Patricia Rossi, 2002

* Poemas, de Fernando Pessoa, Ed. Losada, 1997.

** Todos los textos en negrita cursiva: Las ciudades invisibles, de Italo Calvino. Ediciones Siruela, 1998

(1) Lingüística y Gramatología, Jacques Derrida. Traducción de O. del Barco y C. Cerreti en Derrida, J., De la Gramatología, Siglo XXI, México, 1998 (pags. 37-57)

(2) Elipsis, Jacques Derrida. Traducción de Patricio Peñalver en Derrida, J., La escritura y la diferencia, Anthropos, Barcelona, 1989

(3) Marcajes, palimpsestos y estética urbana, por Jairo Montoya Gómez, Revista de Extensión Cultural N° 2, Universidad Nacional de Medellín, Colombia.

(4) Larga distancia, Martín Caparrós, Ed. Norma, 1999.

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